Anoche

 

Anoche estaba meditando, no del modo que lo hace un monje, o ninguna técnica de meditación en sí, o como pudiera llamársele, supongo que solo estaba meditando una noche más. Y me quedé pensando en que lo único que tenemos son más noches, mas tardes, digamos que más atardeceres- ¿Cuántos atardeceres tiene una vida humana? Me pregunté, pues cada año tiene (a no ser que estemos cerca del polo norte) al menos unos 365 atardeceres, cifra que por alguna razón me costaba recordar sin primero consultarlo, supongo que tiene que ver con el miedo de afrontar nuestra finitud.

Pues, cada año entonces tiene unos 365 atardeceres y un humano promedio tiene una -esperanza de vida- como nos gusta llamarla, digamos de unos 75 años… pero bueno, justo en este punto desistí de seguir con las matemáticas, ¿Cuál es el punto? El hecho es que somos jodidamente finitos, creo que la palabra –jodidamente– cabe como una mejor descripción de ello que cualquier matematización de la vida.

Creo que pueden haber dos tipos de personas, si, dos tipos de persona… ¡JA! que otra manera tonta de tratar de matematizar la vida. Pero bien, digamos que fuese así, que puede ser también por supuesto. Están las que tienen un buen acuerdo con su finitud decidiendo ocupar sus atardeceres moviendo el cuerpo al son de alguna pasión; después están las personas que no toleran la finitud, dedicando sus días a las quejas, carentes de pasión.

Las pasiones dejan marcas, fracasos, talladuras, pues poner el cuerpo en marcha también es someterlo a la fricción del movimiento, pero al mismo tiempo es una de las pocas maneras de fluir. Elaborando el cuerpo en el movimiento, porque es así, se encuentra en constante cambio, supongo que es lo más sensato con la existencia misma, el constante cambio de todo.

Nosotros somos todo, solo podemos crear la realidad, escribimos constantemente mientras sentimos, creemos que observamos pero no observamos, creamos y creemos. Extrañamente hay que chuparse lo amargo para degustar lo dulce, tampoco hay renacimiento sin alguna muerte ¿no? Esas pequeñas muertes… tan necesarias que han sido, y seguirán siendo, para sentirse realmente vivo. Hay que bancarse la pelusa si te gusta el durazno, como dice el dicho.

Suele haber mucho saber en los dichos populares, si los sabes leer claro, pero son tan sabios realmente, que surgen de las mentes más intrépidas, y se quedan por un tiempo, guindando de los discursos, como un pedazo de verdad, como lo que en parte son, recortes de verdad.

Me gusta, como a Borges podría gustarle, pensar que todo el universo puede estar en un solo punto, o en todo al mismo tiempo, que cada partícula del universo guarda la llave de todas las cosas. Creo que comparto esa mente infantil, por su perspicacia y capacidad de maravillarse con la simpleza de la vida. Creo que todos cuando éramos niños tuvimos un buen acuerdo con la finitud, pareciera que ese acuerdo se puede (o no) ir perdiendo con el tiempo y la adultez, si te dejas.

Cuando niño recuerdo que todo era eterno, los hormigueros, cualquier roca, una hendidura en la pared que observaba mientras la trepaba. Me siento exitoso cuando logro ese estado de nuevo, que es alcanzado a través de la pasión, como escribiendo esto mismo, o tal vez leyendo aquello otro, y no sin las pequeñas muertes inevitables, mientras esté vivo y apasionado me siento como un niño feliz… eterno.

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Autor: letrasdeblog

Psicoanalista, Escritor, entre otras cosas.

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